miércoles, 21 de octubre de 2009

Todavía recuerdo como si fuera ayer mi primer día en la universidad. El 2 de octubre de 2008, me levanté bien temprano para no llegar tarde a la presentación. Albergaba la esperanza de que, al llegar, nadie se conociera y así me fuera más fácil presentarme a alguien. Subí a la quinta planta y busque entre la gente a alguna chica como yo, que estuviera sola, pero me parecía que todos eran amigos desde hacía años…
El lunes siguiente, vi a una muchacha parada al lado de la puerta de la clase, estaba sola y pensé que sería un buen momento para presentarme. Pero se me escapó! Entro y se sentó al lado de otra chica con una sonrisa muy bonita. Esta vez lo conseguí, me tragué la timidez que me caracteriza y les pregunté si podía sentarme con ellas y, muy amables asintieron y me cedieron un asiento. Mi primera impresión sobre ellas fue excelente, éramos muy diferentes pero encajamos muy bien.
Poco tiempo después, conocí a Helena, en la manifestación de estudiantes contra el Plan Bolonia. Ese día volvimos a casa juntas. Como siempre, yo estaba callada, escuchando como Helena no paraba de hablar. “Es una persona súper abierta!”, pensé. Yo nunca podría contarle las cosas que me decía a una persona que apenas conocía. Me transmitió muchísima confianza. Junto a Helena, se sentaban dos chicas más: Cristina y Olga. Cristina, era una chica muy habladora y muy graciosa. Con ella me lo pasaba genial. Sus comentarios nos hacían reír a todas. A la última que conocí, fue a Olga. Una persona muy simpática con la que puedes hablar de cualquier tema. Día tras día nos conocimos mejor. Pasábamos tardes en la cafetería de la facultad o las horas de Documentación del primer cuatrimestre sentadas en el césped. Después de un año de convivencia con estas cinco excelentes chicas, me doy cuenta de que, cada día, aprendo algo más sobre ellas. Somos todas muy diferentes pero a la vez somos iguales.


Dilleta!

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