Puedo recordar tal como si fuera ayer el día (y los días) que comencé a conoceros una a una. Al llegar a esa quinta planta, y hay que fastidiarse qué cantidad de escalones hay que subir, lo primero que hice fue preguntarme cómo narices me podía abrir hueco en algún grupo. A mis ojos les parecía que todas aquellas personas llevaban conociéndose años, y yo había llegado allí a invadir su territorio cual marcianita por las calles de Gran Vía. Y entonces, en una esquinilla junto a la puerta, vi a una chica a la que apenas se le veían los ojos porque su flequillo se los cubría, con su pañuelo palestino y aferrando su carpeta con ambas manos, y como si me viera en ella reflejada, comprendí que alomejor aquel lugar no era tan desconocido para mí. Me senté junto a ella y lo primero que supe de ella fue su nombre: Lorena. Sin apenas haber conversado más de tres minutos, enseguida otra muchacha que se me antojaba tímida se sentó a mi izquierda. A ella ya la conocía de antes, quizás ella a mí no, pero me fijé en Teresa el día de la presentación, sospechando que esa chica rebosaba dulzura. Sospechas que, con el tiempo, he sabido fundamentar.
Total, allí estabamos nosotras tres, no recuerdo en qué clase, manteniendo esas primeras conversaciones básicas y a la vez reconfortantes, que cogieron forma en la cafetería de la facultad, la cual inauguramos ya el primer día.
Al avance de la semana, comencé a poner caras al resto de mis compañeros. La tercera persona por la que sentí fascinación solía sentarse detrás de Lorena. Resultaba una chica muy extrovertida, sociable, simpática. Me causaba tremenda curiosidad, pocas veces tenía tan cerca a una persona que abarcase tantas cualidades sociales juntas. Era, además, una de las pocas personas que por aquel entonces tenía Tuenti. Con estas, decidí mandarle una solicitud de amistad a Helena Camacho. Me quedé prendada de la cantidad de fotos preciosas que tenía, era una chica demasiado fotogénica, tan guapa que infundía respeto escribirle un comentario.
Y pasaron los días, y cada vez más nos dábamos la vuelta en clase para charlar con Helena, a la que veíamos que se juntaba mucho con otras dos chicas.
Entre clase y clase comenzamos a charlar con estas dos chicas también. A mí me hacia especial gracia una de las dos, se la veía siempre con una sonrisa, de bromas, y me hacía aún más gracia los trapicheos que se traía con un tal Ángel. Cristina era de esas personas que siempre tenía algo que decir, por lo que a mí me gustaba hablar con ella, ya que compensaba mis silencios, a veces incluso con ciertos rasgos de autismo severo.
Y se puede decir que a la última que conocí fue a esa chiquilla rubia, encantadora, casi como una princesita salida de un cuento de la que luego sin duda todas íbamos a valorar sus consejos en voz de su experiencia, Olga. Con Olga empecé a tomar contacto aquellos días en que llegaba tarde y le guardaba un sitio a mi izquierda, y entre clase y clase, cuando nosotras inocentes le preguntábamos de esto y de aquello. Puedo decir que siempre he recordado la voz tranquilizadora de Olga en momentos clave, como cuando me saqué el carnet de conducir, o... en otros momentos.
Y aún hoy puedo decir que os sigo conociendo un poco más día a día, poquito a poco sacando alguna faceta nueva de cada una de vosotras, singular y a su vez plural, que hace que cada día con vosotras sea un día distinto, fresco y, como siempre, divertido.
Erika
sábado, 17 de octubre de 2009
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Madre mia los primeros dias....xD
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